Traducir

A veces siento el terror de la traducción. Por ejemplo, las canciones cuando son traducidas pierden todo o gran parte del Encanto que las originó en la relación perenne lengua-pensamiento. Así mismo los poemas y el teatro. Es una locura leer Calderón en otro idioma. La narrativa y el ensayo se salvan, sin embargo, siempre un buen lector va a observar frases, palabras que necesitan leerse en el idioma original para pensarlas mejor. Pero esto es lo complejo... hay veces que un lector se aterroriza al leer a Kant, Hegel, Husserl y Heidegger traducidos a su idioma y casi a sus creencias, al igual que un texto proveniente del hebreo, finés, japonés, etc. Ese terror es debido a la sensibilidad o a lo sensitivo que el pensar se hace ante la palabra. Hay días en que no me importa o ese terror no ocurre y puedo, en mi idioma, llegar a profundas reflexiones, intensas meditaciones que me hacen imaginar la totalidad (siempre ficticia, claro está, pero excitante). Pero también esos momentos de profunda reflexión y hasta de silencio pueden pasar a ser angustiantes, terroríficos porque sé que no estoy en el idioma original del texto que descifro. Hay veces que ni siquiera lo considero porque creo que con nuestra lengua ya es suficiente el significado logrado para que pueda ser comunicado. Mala costumbre. Ahora si comparo estos dos "tipos" de terror es absurdo si intento valorizarlos, justificarlos, traducirlos puesto que ninguno aniquila al otro o lo iguala. Ambos son genuinos y autosuficientes. Son lo mismo, pero sé que provienen de una traducción que hacen. Todo es traducción.

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